Cuatro pueblos en las sierras cordobesas

Por Magdalena Ordoñez

Martes, 10 de Setiembre de 2019 - 03:53 hs

La provincia de Córdoba es una de las más grandes del país y la segunda más poblada. Reconocida por sus sierras, su música, el Fernet y el famoso “culiao”. Pero su naturaleza, su historia y su gente tienen mucho más para contarnos. En esta nota, recorreremos cuatro pueblos en medio de las sierras cordobesas, que no puedes dejar de visitar.

 

A tan solo 50 kilómetros de la ciudad de Córdoba se encuentra Tanti, de la cual es posible disfrutar a través de su entorno natural. Este incluye una docena de balnearios, que se asientan sobre un arroyo homónimo, reservas naturales, bosques serranos, y paseos por el medio de la sierra. La localidad había estado habitada por sociedades como la comechingón, que vivían de la agricultura y ganadería. Fue fundada con el nombre que lleva hoy en 1848, con la habilitación de la Capilla Nuestra Señora del Rosario, aunque en ese entonces funcionaba como una estancia de ganadería. Enclavada en las Sierras Grandes, en el Valle de la Punilla, hoy nos obliga a acercarnos a Cabalango. El entorno llama a la relajación y a la diversión con familia y amigos. Pero además ofrece actividades alternativas como trekking, cabalgatas y paseos por la sierra. Para los más aventureros, se puede ir hasta el macizo Los Gigantes, que llegan a 2374 metros sobre el nivel del mar. Se puede hacer escalada y avistar variedad de especies de aves.

 

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Adentrándonos un poco más en la sierra, a 76 kilómetros de la capital, nos encontramos con La Falda. La zona había sido habitada por indígenas prehispánicos. Luego fue territorio de la sociedad comechingona, hasta ser explorada por los españoles hacia el 1537. Pero no fue hasta el siglo XX que empezó a ser considerada una ciudad. Su cercanía al hotel Edén hizo crecer el turismo de la zona y a la vida misma de la ciudad, ya que fue construida por los mismos dueños del hotel. Este, reconocido en todo el mundo, habría sido sede del plan de escape de Adolf Hitler tras la Segunda Guerra Mundial, ya que los dueños, los hermanos Eichhorn, eran partidarios del movimiento nazi. Hoy en día, La Falda es reconocida por sus festivales, su gastronomía y su música. Recorrerla es un placer por su agradable microclima, que favorece un constante contacto con la naturaleza. Es muy recomendable hacer travesías a caballo entre las cascadas, ríos y cuevas. Y, por supuesto, en toda la ciudad se puede palpar el legado histórico que dejaron los primeros habitantes. El salón de té Salzburgo es una parada obligatoria en La Falda.

 

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A 80 kilómetros de la ciudad de Córdoba nos encontramos con Villa General Belgrano. Es reconocida por su arquitectura típicamente bávara, su clima templado, su entorno rodeado de arroyos y gran variedad de fauna, y por su tradicional fiesta de la cerveza en octubre de cada año, la famosa Oktoberfest, que recibe 150.000 visitantes cada vez. Al igual que en toda esa región de las sierras, había sido habitada por comechingones hasta la llegada de los españoles. En el siglo XX, llamada Villa Calamuchita, fue fundada por familias de colonos alemanes en su mayoría, pero también algunos suizos, italianos y austríacos. Esto le da a la población una fuerte influencia centroeuropea. En 1940, los marineros del acorazado Graf Spee, imposibilitados por el gobierno a salir del país, se instalan en la Villa. Es en ese entonces cuando se decide cambiar el nombre por Villa General Belgrano, en honor al creador de la bandera argentina. Un pueblito lleno de historia, emociones y sensaciones, además de estar en perfecta armonía con la naturaleza. Para los fanáticos de la gastronomía local, a la hora del té es recomendable parar en Madre.

 

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Este recorrido termina en La Cumbrecita, a 120 kilómetros de la Capital. Enclavada en un valle en las Sierras Grandes, la naturaleza y la mano del hombre han logrado un perfecto equilibrio. Helmut Cabjolsky, nacido en Berlín en 1892, y su familia, llegaron a Buenos Aires, desde donde viajaron 700 km en tren hasta Alta Gracia, 30 km más en auto, y tres horas a caballo por un terreno prácticamente desdibujado, para hacerse cargo de sus tierras, absolutamente desoladas en ese entonces. Conocido como el Pueblo Peatonal, en La Cumbrecita no se permite el acceso con vehículos, y todos los recorridos están previstos para hacerse a pie, al igual que lo hicieron sus fundadores cuando llegaron por primera vez. Caminando se pueden ver cascadas que caen de la montaña, ríos de agua cristalina, edificaciones alpinas, y una armonía perfecta entre la cultura centroeuropea y criolla, que le dan identidad propia a la localidad. Se puede llegar en transporte público desde Villa General Belgrano, o dejar el auto al ingreso del pueblo. El mismo está preparado para ser sede de la máxima desconexión de la rutina, y la conexión con uno mismo y la naturaleza. Las mil personas que lo habitan se encargan personalmente del intachable cuidado del medio ambiente y de mantener las edificaciones del pueblo lo más fielmente posible.

 

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